UN LUGAR PARA FRANCISCO
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Composición para orquesta de cuerdas, instrumentos nativos, solistas vocales y coro, con texto de Patricia Bottale. Dur.: 55'

Sinopsis:
hace unos años, con el desliz imparable de una pluma generosa, nacía
un cuento: “Un lugar para Francisco”. Ese cuento nos muestra quién
es este hombre: un hombre blanco, occidental, un trabajador, como tantos, que
sentía ya no pertenecer a este pueblo
ni
a esta raza de ventajeros, soberbios y gritones, como él los define.
Que en su diario retorno a un hogar sin vida, atravesando los enormes llanos
de pastizales y malezas, de desierto y
aridez,
sentía la llamada de tambores nocturnos, de voces que despertaban su
sueño de una civilización más santa. Cerraba sus ojos,
soñaba vivir entre ellos… Cuando, por fin, se encontraron, en un
segundo, guerra y paz, pasado y
presente,
hombre y destino, se cruzaron, y Francisco no pudo ya olvidar esos rostros rudos,
con pinturas bajo los ojos. Y allí encontró su hogar, un hogar
sin botas ni rostros rosados, un lugar de tierra noble y pobreza, un lugar de
lucha para evitar la desposesión de lo que, por tradición y trabajo,
les pertenecía desde hacía siglos, un hogar de honor
y
sabiduría, un hogar para Francisco. Sobre esta idea, expresada en este
breve cuento de no más de dos páginas, surge, con igual fluidez
literaria, el romance homónimo, que fuera luego musicalizado. El desafío
era que el texto no perdiera en la
musicalización
ni un ápice de su mensaje, ni un desvío de su camino, ni una pequeña
alteración de su profundo y clarísimo destino. Como la obra literaria,
la música debía ser a veces diálogo y a veces confrontación.
El instrumento elegido para ello fue una orquesta de cuerdas,
representando lo occidental, y un grupo de instrumentos nativos: aerófonos,
cordófonos y de percusión, como embajadores de la tierra. Ambos
grupos dialogan entendiéndose y desentendiéndose, observándose
mutuamente, buscando qué los une y qué los separa. Y el relato
se hace
carne
en el único instrumento que todos los hombres tenemos en común
y el más noble de que hay en la naturaleza: nuestra propia voz. Un narrador,
el coro y solistas, nos irán desglosando los versos, penetrando en nuestras
mentes con un mensaje demoledor. El coro será a veces relator, a veces
indio, a veces soldado y, a veces, todos nosotros. Francisco podría
ser
usted, yo, europeo parido en tierra americana, como sus hijos, nativos de rasgos
extranjeros. Francisco es ese vínculo, el eslabón entre las etnias
indígenas y el hombre occidental, el tronco, hasta hoy ausente, entre
las raíces de los pueblos originarios y el follaje frutado del árbol
social que somos.
La
música
Los versos de Patricia Bottale exudan musicalidad y se desprende de ellos la
melodía que conduce la obra. Así, la misma se inicia con un
preludio
breve en
el
que se enuncia el tema de Francisco, en el cual ya se evidencia la idea instrumentística
del conjunto: una mixtura tímbrica y cultural de instrumentos europeos
e instrumentos autóctonos (quenas, sikus, etc.). El conjunto brindará
una fusión tímbrica que, a la vez que expresa nuestra propia esencia
nacional, manifiesta el espíritu del romance.
El primer acto, narrativo, comienza con el narrador.
En diálogo con el coro, y alternando entre voz cantada y hablada (intermedio
entre oratoria y obra teatral, estilo que
se desarrollará durante todo el trabajo) ambos cuentan el inicio es esta
historia, y van dando lugar a los demás personajes que desarrollan el
argumento de esta primera parte del romance: el mismo Francisco,
sus hijos
y finalmente su mujer,
quien, a través de un solo de alta
expresividad,
nos preintroduce en la parte histórica del relato, el segundo acto. La
música en el intermedio
tiene sones de batalla jugando con el tema de Francisco, siempre presente, en
los distintos instrumentos. El coro,
pieza fundamental en toda la obra, van transfigurándose y trastocándose
a lo largo del discurso musical: ora
malón, ora soldado, ora narrador, aparece como una suma incuestionable
de todos los hombres y a la vez es la Palabra de Francisco, su Verbo hecho voz,
su propio pensamiento. El combate entre el
bien
y el mal están representados en el texto y en los contrastes de tensión-distensión que aparecen en la música. También Calfucurá, el indio
bravío, manifiesta, con la misma intensidad, y apoyado fuertemente por
los instrumentos autóctonos, su encono y su resistencia ante el engaño
que lo llevo a ser vejado por una cultura ajena. Pero tal resistencia es inútil
y, como lo refleja también la música, la derrota del
indio y su reclusión a territorios extraños, inevitable. Aparecen nuevos instrumentos, tomados
de una tierra nueva, de sonidos nuevos que provienen de nuevos elementos, pero
cuya función ritual es insustituible, cerrando este acto en un lamento
de gemidos
y llanto.
El tercer acto, intemporal, trae a nuestra memoria el recuerdo de aquél
Hombre,
Francisco, sobre el cual se teje nuestro relato. De carácter reflexivo,
el texto anuncia la llegada de una vida
nueva, si nos animamos a incorporar a nuestra cultura aquello de
lo que hemos renegado. Nuevamente la fusión
instrumental sugerida al comienzo de la obra hace su aparición
y un final
lleno de esperanza nos deja el dulce sabor de que es posible un mundo nuevo.